miércoles, febrero 09, 2011

De fiordos con focas y de cine con galletas


Cuando nos aventuramos a subir la cumbre del Roy´s Peak no esperábamos que fuera a requerir tanto esfuerzo por parte de nuestros pulmones. A los 100 metros de altura ya contábamos con una panorámica espectacular del lago Wanaka y alrededores, sin embargo... ¡no podíamos rendirnos!!!!
A los 300 metros resultó haber más de lo mismo, a los 500... “¡uy! igual de bonito que antes” y así hasta que tomamos la decisión de dar la vuelta. La montaña pelada no nos aportaba lo mismo que los bosques élficos del norte y aún nos quedaba la mitad así que, a pesar de que ver ovejas pastando es apasionante, giramos sobre nuestros talones para bajar prácticamente corriendo... y nos fuimos al cine.
Ya hacía un par de días que habíamos cruzado los alpes neozelandeses, la travesía fue especialmente dura para Maribel que acababa de superar un importante jamacuco. Sin embargo, nosotros también sufríamos en cada cuesta arriba su bajada de revoluciones hasta casi quedarse parada. Justo cuando parecía que íbamos a tener que bajarnos a empujarla, sacaba fuerzas de flaqueza y llegaba hasta el final. Como compensación, nosotros aplaudíamos aliviados “¡bravo Maribel!”, jaleábamos “¡galopa, Maribel, galopa!”. Y así de manera inesperada llegamos a orillas del lago Wanaka, una maravilla natural que nos dejó sin palabras. Aguas cristalinas, turquesas, montañas imponentes, picos nevados, nubes de algodón aunaban fuerzas frente a nuestro silencio; sólo podíamos disfrutar del paisaje antes de que anocheciera. Pero como viene siendo un clásico en este país, a la mañana siguiente llovía gatos y perros (versión inglesa de “llovía a cántaros”) y tuvimos que salir por patas al camping civilizado más cercano desde donde planearíamos algunas excursiones como el ascenso al monte Roy.
La lluvia siempre es mala compañera de viaje, pero esta premisa se multiplica a la enésima potencia en Nueva Zelanda donde las atracciones turísticas más destacadas se encuentran al aire libre. Por eso nos fuimos al cine. Wanaka es a la vez un lago y un pueblo, y el pueblo tiene a su vez un cine que se llama Paradiso y que sirve galletas de jengibre recién horneadas en el descanso. No pudimos resistir la tentación de probar esas cookies y de sentarnos en la pequeña sala de proyecciones que era lo más parecido a un cajón desastre de sofás vintage, asientos de coche, butacas retro, sillones del año de la polca… y hasta un coche amarillo partido por la mitad! Sobre la película decir que fue un bodrio tipo comedieta romántica cargada de estereotipos. Lo importante en este caso era el continente, no el contenido.
 A la mañana siguiente contiuamos rumbo a Queenstown. Dicen que esta es una ciudad por y para el turismo de aventura y es del todo cierto. Seguramente por eso se llama la “ciudad de la reina”, de todos es sabido que a Isabel II le mola tirarse de los puentes atada por los pies, ¡jeje! Aquí se puede hacer rafting, puenting, sky-diving, kayaking, shopping… y todos los –ings que se os ocurran tienen cabida en esta bonita ciudad alpina. Nuestra idea era no forzar a Maribel y contratar una excursión para ir a los fiordos de Milford Sound, “es uno de los lugares más bonitos de todo el país” nos habían dicho varias personas. Y no sé si es del todo cierta esta afirmación, pero el lugar claramente es una pasada, gigante, imponente, plagado de cascadas, vimos focas. A pesar de que tuvimos lluvia y niebla, el crucero hecho para turistas que tan poco nos gusta mereció la pena.







sábado, febrero 05, 2011

De cuando Maribel hizo como que se moría y nosotros dormimos en un psiquiátrico


"Se acabó, este es el fin, mañana en bus", decían nuestros pensamientos mientras la grúa improvisada de Clive (el mecánico del pueblo) recogía a Maribel para echarle un vistazo en su taller. Ya llevaba un tiempo con sonidos de diferentes tipos que cada día sonaban más. Nuestros temores se acabaron convirtiendo en una realidad que nos dejaba compuestos y sin furgoneta en medio de la nada. Sin embargo, después de un nada minucioso estudio del motor Clive dijo "esto ya está arreglado... había un par de tornillos sueltos". "Eres un mago", exclamamos sin dar crédito, "sólo los lunes" nos dijo sonriendo... por suerte para nosotros ¡era lunes! Y así seguimos nuestro camino ¡viento en popa a toda vela!


Aquello ocurrió en Franz Josef, un pueblo construido por y para el disfrute del glaciar al que está pegado y que lleva su mismo nombre. El verano en este país no nos da tregua más de una semana seguida, así que tocaba niebla, lluvia y mal tiempo. Pero Maribel volvía a surcar las carreteras y con esa era más que suficiente. Muy cerca de aquí se encuentra el lago Matheson, conocido como el lago espejo porque sus aguas son de un cristalino que asusta y se consiguen fotos increíbles, eso sí, en días despejados... con lo cual ni nos molestamos en parar. El objetivo del día era atravesar los alpes neozelandeses para llegar a la zona alpina de Wanaka, donde nos esperaba uno de los lagos más bellos del país.

Días atrás y después de tostarnos en las playas de Abel Tasman rodeados de bosques “élficos”, habíamos ido bajando por la costa Oeste de camino a los glaciares. Aquí las playas no son aptas para el baño porque el viento levanta olas muy peligrosas a la par que no da opción para tirarse un ratito al sol. En medio de tanta marejada paramos primero para ver focas en Tauranga Bay y después en Punakaiki Pancakes, unos acantilados que le deben su nombre a su extraña forma simulando montañas de crepes, frixuelos, filloas o llámalos como quieras apilados sobre el mar.


Así llegamos a Hokitika, donde vive una amiga de Elena (cosas de la vida) y que además nuestra guía de viaje recomendaba como un bonito pueblo costero para comprarse jade. Buscando camping, fuimos a parar a un sitio muy raro en lo alto de la villa en el que no había apenas huéspedes a pesar de que en Hokitika estaba todo lleno, más tarde nos dimos cuenta de que se trataba de un hospital psiquiátrico, reconvertido en hotel dos años atrás pero que no había cambiado absolutamente nada de su decoración “vintage”. Nos pasamos la noche contando historias de miedo e imaginando cómo nos mataban los propietarios, antiguos internos del hospital según nuestras hipótesis, que dirigían una colonia de zombies asesinos… en fin, que vemos muchas películas…
A la mañana siguiente, amanecimos todos sin un rasguño a pesar de que alguno (no diremos quién) no pudo conciliar el sueño del todo bien. En este bizarro lugar conocimos a una pareja de ingleses que estaban en Nueva Zelanda celebrando su 25 aniversario de casados, una pareja encantadora con  una imaginación cercana a la nuestra que igualmente temió por su vida la noche anterior ¡je, je!





miércoles, febrero 02, 2011

A través del Estrecho de Cook

Pues Maribel iba hasta arriba otra vez... Esperamos a Elena y Quique, que acertadamente habían decidido visitar Coromandel, en Taupo y ya juntos los 4 nos encaminamos, raudos pero no veloces, hacia Wellington.




Esa noche nos quedamos en casa de Steve y de Mike y de Dot y de Ruth, y además estaba Mark... no nos cansaremos de darles las gracias a todos ellos por acojernos a los 4 y, por supuesto, por la estupenda cena que nos prepararon para la noche del domingo con su respectiva timba de póquer (en la que, por nuestra parte, tan sólo Elena salvó el honor y ganó algo de dinero).  Además se nos unieron Brony y Rene... y Rachel y estábamos de celebración ya que a las doce de la noche Rut cumplía años, pero no diremos cuántos, vale? A pesar del incidente con la tarta (que tampoco detallaremos... a no ser que nos lo preguntéis...) nos lo pasamos en grande ese fin de semana y nos dio muchísima pena dejar Wellington y despedirnos de toda la gente.





 








Pero el ferry nos esperaba, y a las 2 y media de la madrugada teníamos que estar preparados para embarcar... hubiera sido conveniente haber averiguado con antelación que Wellington tiene dos muelles, uno para cada compañía de ferries... nosotros no lo hicimos y, por supuesto, nos fuimos al muelle equivocado. Por suerte, ibamos con el tiempo suficiente para rectificar nuestro error. La idea (sobretodo de Rut) era tomar ese ferry nocturno para ver amanecer desde la cubierta del barco, mientras éste se adentraba en los Marlborough Sounds... pues nada de eso, la vida nocturna de Wellington hacía mella en nuestros cuerpos, así que después de meter el coche, nos hicimos con tres asientos cada uno, ropa de abrigo y a dormir hasta que el ferry atracó en Picton... y, claro, ya era de día... y nos esperaba un largo viaje hasta la zona norte del Abel Tasman National Park, una de las visitas imprescindibles del país. Después de carreteras tortuosas y de una ascensión a un monte de cuyo nombre no me quiero acordar, llegamos al enorme Camping del DOC (Department of Conservation) en Totaranaui, algo aislado, sobretodo si tu medio de transporte se llama Maribel... y al llegar nos dimos cuenta de que no teníamos comida suficiente para los dos días que íbamos a pasar allí. Sobre ello reflexionábamos caminando por la arena de una fantástica playa, cuando Elena empezó a recolectar almejas que se convertirían en nuestra cena por dos noches, la segunda acompañadas de mejillones... esto sí es marisco fresco! Con el par de ostras que recolectamos ya no nos atrevimos...



Uno de nuestros objetivos en la zona era alquilar unos kayaks pero los precios eran bastante más altos de los que esperábamos, así que nos conformamos con realizar partes de la gran caminata (de 5 días!!) que recorre todo el parque nacional.

Nuestra última noche en la zona la pasamos en Motueka, al día siguiente empezaríamos a descender para alcanzar la salvaje costa oeste de la Isla Sur, nos esperaba otro largo día de viaje... pero no podíamos desaprovechar la ocasión de empezar nuestras batallas a 4 del Carcassone.



sábado, enero 29, 2011

¡¡¡¡¡¡¡Frikis del mundo uníos!!!!!!

 













Puede que estas sean nuestras últimas palabras antes de ser encarcelados o quizás extraditados de Nueva Zelanda por publicar estas fotos ¡je, je!. Ya se sabe que cuando se está a punto de rodar todo es secreto… y tuvimos la suerte de visitar Hobbiton en el momento justo en el que los decorados se habían puesto otra vez en marcha para el rodaje de El Hobbit, precuela del Señor de los Anillos. La visita fue bastante casual, era muy caro y en las guías te advierten que decepciona… pero en las guías no saben que justo ahora es cuando merece la pena gastarse los cuartos en  la tierra de los hobbits.
Todo empezó muchos años atrás (¿diez?) cuando el director de cine Peter Jackson buscaba emplazamiento para su película a lomos de una avioneta. "Este sitio está muy bien" se dijo, "sin rutas aéreas para que nadie espíe mis decorados". Era la granja familiar Alexander con tropecientas mil ovejas, famosos en su pueblo salían en la prensa local como grandes esquiladores. Entonces no sabían que su vida iba a dar un giro de 180 grados.
Cuando acabaron la peli, lo destrozaron todo, pero los hermanos Alex lo vieron claro y pactaron con la productora para que dejara cuatro paredes blancas y así hacerse de oro a costa de los miles de frikis que en los años venideros visitaron Nueva Zelanda en busca del Hobbiton de la peli.
Nostros tampoco pudimos resistirnos, un autobús destartalado nos llevó a la finca de los famosos brothers para abrirnos el apetito de lo que volverá a ser este pedazo de pequeñas colinas tapizadas de verde hierba y árboles frondosos. "Hay mucha gente que viene a nuestro país sólo para visitar Hobbiton" nos dijo el guía, "si yo te contara" pensé yo... y allí al fondo se dibujan los talleres dónde currará la manada de Sir Peter Jackson, ¿quién daría un brazo por trabajar rodeado de tanta belleza? ¡que levante el dedo!


miércoles, enero 05, 2011

Navidades veraniegas en Gisborne















A la vuelta de Paihia, donde establecimos nuestro campo base para visitar Northland, hicimos parada y fonda en Auckland, allí despedimos a Gabriele, el chef de la expedición (le echamos de menos… y no sólo por ese toque italiano para cocinar pasta de mil y una maneras diferentes) que continúa con su viaje por el sudeste asiático.
En nuestro punto de mira se situaba Gisborne. Sus habitantes presumen de que su ciudad es la primera que ve el amanecer de cada nuevo día... resumiendo… es la ciudad de cierta envergadura más próxima a la Línea Internacional de cambio de fecha.
Por el camino, en Hamilton, despedimos también a Matthias que se iba a Raglan, en la costa oeste, a practicar surf… así que de golpe nos quedamos los tres solitos: Maribel y nosotros dos.

Como iba diciendo: sin prisa (con Maribel eso no es difícil de conseguir…) pero sin pausa nos dirigimos al extremo este de Nueva Zelanda. Allí nos esperaban Brony, una de nuestras profesoras de la academia de inglés con la que hicimos muy buenas migas, Rene, su marido, y sus familias, que nos habían invitado a pasar las navidades con ellos.
Y realmente fueron unas navidades especiales, la primera razón, la obvia, estábamos en pleno verano! Bañador, crema solar, chanclas… los imprescindibles para pasar esos días. Especiales por la amabilidad con que nos acogieron en sus casas y en sus mesas en unas fechas para pasar en familia, con las nuestras a 20.000 kilómetros de distancia. Y aunque el menú varia respecto al que estamos acostumbrados, aquí se pasan el día de Navidad comiendo y bebiendo hasta reventar. Quizás lo más llamativo para nosotros fue el desayuno a base de pancakes, fruta recién recolectada en el jardín, nata montada, miel, sirope, zumos naturales y champagne… tan sólo dos horas después, una copiosa barbacoa que habría hecho las delicias de Astérix y cía… y para cenar una fiesta mexicana, piñata en forma de unicornio rosa incluida, a la que aportamos una tortilla de patata que no quedó del todo mal. Posteriormente tocaba el intercambio de regalos siguiendo las normas del “Santa Invisible”, escoges un paquete de la cesta o robas alguno que ya esté abierto si te gusta más.

Como despedida les preparamos unas paellitas (una de marisco sin mucho marisco y otra vegetariana) que estaban para rechupetearse los dedos de los pies (modestia aparte…)
Y tomamos la carretera SH35, que rodea el Cabo del Este… Wainiu Beach, AnauraBay (incredible violeta amanecer), Te Araroa, MaraheakoBay, Hawai Beach, Matata… un tramo de playas doradas y acantilados espectaculares, tan espectaculares como el precio de la gasolina en esa carretera por cierto… que no figuran en las habituales rutas para turistas.
Y acabamos en Tauranga para pasar la Nochevieja, con la confirmación definitiva de que Kike y Elena se unirían a nosotros en unos pocos días.